martes, 17 de marzo de 2020

Razones del miedo




  

 

Cualquier emoción en su aspecto más puro es una multiplicidad intensiva y un despliegue de resistencias variables, velocidades, tensiones y ritmos que devienen signos, y, en el mejor de los casos, signo estratégico. ¿Cómo una emoción se vuelve visible? ¿Qué signos conforman nuestras reacciones y acciones frente a las mismas?

 

 El miedo, como cualquier emoción es altamente contagioso, se cuela por las ventanas y las puertas de resonancia que son los cuerpos. El cuerpo grita el miedo; miedo que alerta, agita, acelera, sacude; miedo, qué como señal de peligro, ha sido moldeado, modulado estratégicamente para manipular las reacciones de grandes poblaciones. Y que resulta aún más eficaz en la medida en que los individuos nos encontramos más aislados, más atomizados. Así, ha sido más fácil interiorizar la idea de que todo potencial peligro es, tan sólo, un intruso del que habría que defenderse. El peligro acecha bajo el aspecto visible de la enfermedad, el crimen, el robo.  Amenazas que acechan desde el exterior; como una presencia enemiga, extranjera.  Amenazas que, ¿sólo la medicina, la policía, el gobierno podría aislar y suprimir?  

El hecho de entender a las enfermedades como algo sólo exterior a uno mismo, como una entidad que no guarda relación con las formas de comprensión con las que las abordamos, es parte de la razón, de que virus, hongos y bacterias se tornen cada vez más resistentes, mientras que los cuerpos se vuelven, cada vez, más débiles y dependientes de todo tipo de medicamentos. 

Olvidamos que la medicina alópata es sólo un modo de enfocar la salud y la enfermedad. Más, podemos hacer uso de una multiplicidad de perspectivas. Pues una perspectiva ve todo lo que puede ver, enuncia todo lo que puede enunciar y, dentro de esos parámetros, lo que mira es real. Lo es, y es todo lo real que puede ser, pesa, gravita, pero más que eso: manifiesta sus efectos corporizantes, efectúa cursos del ser enfermo. Son efectos de poder, de relaciones de poder, de voluntades de verdad, antes que señalar la infalible verdad de una realidad acabada.

Así, cambiar de perspectiva, experimentar otros sentidos de lo enfermo, experimentar otras prácticas, para abrir los umbrales de lo visible capaz de construir otra experiencia del cuerpo.

Imagina, vida de juego infinito, vida cosmizante que danza los ritmos vivos de la tierra, capaz de crear; de ser sintiente. Imagina tu vida posible en la medida que ese infinito vive y, vive en ti. Imagina, cada ser vivo a partir de un mar de flujos sintientes que se “tocan”, creando modos de afectación, entre voluntades de poder, de deseo, en constante cambio y movimiento.  ¿Cómo fluye así el miedo?  Pues, no se trataría de la propia vida como sacrificio en aras de un orden mayor, de una generalidad. Lo que se vuelve posible es un devenir del miedo, su singularidad; de seguir su movimiento vivo y expresivo, ahí, donde en realidad se concentra, en los cuerpos, en cada cuerpo, por ejemplo, el estómago; sentir y seguir sus efectos, seguirlos hasta alcanzar la tierra que lo llama, procurar su multiplicidad, siendo un ritmo más de lo vivo, de lo que emerge como parte del mundo, pero también, de un cosmos desbordante irreductible al sentido de totalidad abstracta. En el miedo también habita todo lo visible, pues, antes de ser codificado entre barrotes y formas de sumisión, su condición de posibilidad, como la de todo lo perceptible y todo lo sensible es: el ser-luz que es la vidaEntre las múltiples fuerzas del sol y de la tierra, es la luz condición de lo visible. El miedo emerge torrente, mar agitado, vibrante fuerza entre fuerzas; fuerzas divinizadas y demonizadas. Antes que señalar una realidad objetiva o subjetiva, abre a un campo de problematización intensivo como registros del cuerpo o despliegue de ser de lo sensible y, por tanto, a la multiplicidad que habita; experiencia corporizante y corporizable, pues, no hay que confundir lo que nos afecta, ya sea emergiendo de las profundidades o superficies variables, con las formas como uno se afecta a sí mismo. Así, el miedo que no se deje capturar ni centralizar por ajenos intereses de política y de mercado, que no se atrape por el sólo campo de visibilidad que es la medicina alópata, lo que no quiere decir ignorar o subestimar dichos sentidos de la medicina, pues, también habita y conforma el devenir de nuestras existencias. Más, el miedo que no fija su sentido entre parcelas y discursos manipulados deviene poder del cuerpo. Y, ¿qué puede el miedo liberado de culpas, de miserias y preocupaciones?

El miedo: puede intensificar al ser de lo sensible en resonancia con la vida de esta tierra, movimiento que, aún si desborda y hace temblar, obliga a responder a las memorias del cuerpo, pone a trabajar al sistema inmune; puede desinflamar los alveolos de los pulmones enfermos.  Así, algunos masajes tienen el sentido de hacer del miedo y de cualquier emoción y sentimiento un proceso aliado. Los medicamentos homeopáticos también ayudan al cuerpo a sentir y a reaccionar a movimientos profundos apenas perceptibles, que ayudan al cuerpo a trazar sus líneas de fuga de aquellos sentidos con los que se han fijado los modos de ser más reactivos de nuestras fuerzas. Ayudan a que el cuerpo responda y se cure, mediante el uso de sus propias fuerzas. Pues sin fuerzas activas y a favor de la propia vida, ¿Cómo responder a los peligros que amenazan? Pero también, ¿Cómo decir? ¡Basta! ¿Qué otros caminos? ¿De qué otras formas pueden circular las materias, los afectos, la violencia, el poder, el tiempo?

Con la mirada de la acupuntura podemos rastrear el pulso de lo que nos enferma, de su efecto en los diferentes órganos del cuerpo, entre reacciones musculares, tensiones, formas de respirar, modos de ser de nuestros sentimientos y emociones y formas de pensar. Desplegar también, nuestra imaginación simbólica que abre y construye causes. Entre masajes y el uso creativo de nuestra imaginación: el sentido de devenir ciénaga fangosa, pudiera ser signo intensivo del estado de nuestro sistema linfático, a su vez, de un cierto sentido de estancamiento y lentitud del ánimo. Presionando los meridianos que señala la medicina tradicional china, ayudamos en el proceso de drenado que, ayudan al cuerpo a intensificar los sentidos de ser tierra viva, que circula, transforma y nutre; sentidos de gobierno de sí.

 El cuerpo, nos dice el tao, puede devenir caldero, fogón que pone en circulación a las fuerzas que nos habitan y transforman para que no se fije su potencial peligro: debilitarnos, sumirnos en la congoja y la preocupación de significaciones dominantes. El miedo es eso y más, su devenir va abriendo a otras voces, a distintos ritmos cosmizantes. No hay signo del que no podamos desplegar una multiplicidad que es la multiplicidad de las memorias del cuerpo. No se trata de sugerir fórmulas, ni recetas, más sí del devenir estratégicos, a desplegar diferentes sentidos frente a aquello que tememos, de lo que cada ser quiera experimentar para restar poder a esas fuerzas fijas en su reactividad.



   


viernes, 21 de febrero de 2020

Cerca de Tierra Blanca Veracruz





 Hace tiempo visitamos una comunidad Mazateca que habitaba un conjunto de pequeñas Islas en Veracruz muy cerca de Tierra Blanca.  Queríamos aproximarnos a diversas formas de entender al cuerpoEntre  ritos, mitos e historias acompañadas de  extraños acontecimientos y masajes, experimentar diversos sentidos de la  salud y  de la enfermedad; sentidos articulados con nuestras formas  de existencia y el mundo que habitamos. 



La Isla, habitada por un guardián de saber milenario, sus dos esposas y sus hijos, era muy hermosa. Había unos cuartos de madera  separados y no muy grandes con suelo de tierra. Uno de estos cuartos estaba destinado para atender a los enfermos. Había un dormitorio para la esposa de mayor edad y otro para la esposa más joven y sus hijos. Había una cocina comunal con una gran mesa de madera,  estufa de barro, los anaqueles de madera llenos con utensilios de cocina, donde preparaban los pescados recién sacados de la presa. No había servicio de luz, ni sanitario, no había refrigerador o aire acondicionado, había letrinas y cubetas que llenaban con agua de la presa para bañarse. Había un establo con pollos y gallinas,  afuera una vaca, y a lo lejos varías cabezas de ganado.
Aquel espacio abría una forma de correr el tiempo distinto, habitado por los ritmos de la tierra, cálida por las mañanas, atravesada por fuertes vientos y lluvias por las tardes, el fluir del agua de la presa, el arrullo de múltiples insectos y pájaros.
Entre risas de niños jugando, el tono sereno de la lengua mazateca y las oraciones entrelazadas con los ritmos de la Isla, se desbordaba el espacio inundando los sentidos.  Ritmos que decían al cuerpo, cómo esa pequeña comunidad no era pobre, que la pobreza también  es una experiencia articulada con las formas de riqueza que se suponen y se persiguen. Risas que tocaban al vientre preñándolo de prosperidad, de un contagio excesivo, de un movimiento que abría al ser de lo sensible; certeza de ser risa; certeza de ser oración que abría la percepción del misterio de estar vivos. Ese espacio tan íntimo, el de la sensibilidad que despertó con la fuerza de las plantas,  emergía como un campo de fuerzas y de sentido capaz de escapar a todo sentido de finalidad, de proyecto y más aún de objeto conocido.  Movimiento que inundaba todo, como una multiplicidad productora de una misma realidad sin agotarla. Abría a un instante de cuerpos permeables y fluidos, mostraba  al ser de lo sensible como uno y a su vez distinto que abría diversos sentidos de   la vida y de  la muerte. 

Una noche, todo parecía en paz y tranquilo, no sabía hasta que punto daba por  hecho que habitamos un cosmos que también nos habita; de lo extraño que es el sentido de orden, de continuidad de los ciclos, de la diversidad de seres presentes que hacen posible a esta forma de vida. No daba cuenta, pues la más de las veces, me ocupaban una serie de obsesiones con las que saturaba al tiempo, pesaba sobre mi pecho una tristeza a la que ya me hallaba acostumbrada desde hacía mucho, como esas tristezas que nos habitan sin cuestión ni argumento, pero que se extienden entrecerrando la garganta y oprimiendo al pecho.

Esa noche, recostada en el piso de tierra,  un hormigueo recorrió la piel penetrando al cuerpo que se disolvía en ese ritmo adormecedor  que la tierra hundía y devoraba, abriendo un instante de oscuridad suspendida y sin forma, de la que emergió un flujo desbordante de realidades, como el pasar de un sueño tras otro, entre despertares y olvidos. Así, de uno de esos sueños vividos apareció el sentimiento de ser planta cuya sensibilidad se extendía a todas las direcciones imaginadas, como una danza, suave, de gozo extremo, ilimitado. 
Entre sueños  que abrían a otros sueños, a otros cuerpos y espacios inimaginables, volvía un cierto sentido del recuerdo de mi misma, apenas como el trazo de una línea tendida, como si fuera uno de los trazos que simultáneamente conformaban el espacio que emergía, como un fragmento de ser isla, más, sin poder de movimiento ni de palabra, la noche parecía detenerse, nada fluía, nada pasaba, era la visión de la ausencia de movimiento absoluto, la noche parecía fuera del tiempo, y el espacio emergía apenas como el sentido de un fragmento suspendido, de nada y para nada posible, el terror inundó esos extraños sentidos sin cuerpo organizado que presentía la risa aterradora del absurdo. Era la percepción desplazada, detenida o fluida, movimientos parecidos al de los sueños, más, con un sentido más vívido. 
De vuelta a esta vida mía,  con la certeza de no haber agotado ninguna experiencia, ninguna forma de pregunta o de respuesta posible, una cosa era segura, la tristeza y la opresión con la que tanto tiempo había conformado parte de mi acervo identitario se había disuelto como terrón de azúcar en el agua que fluye; los sentidos avivados, más despiertos y fluidos. Sí, algo abrió aquella extraña y desbordada memoria, la posibilidad de encarnar el movimiento excesivo de flujos vivos en lo que pareciera antes insignificante, trivial y rutinario   de la percepción habituada. 

 
   Las plantas sagradas abren a modos de percibir distinto; a la posibilidad de entrelazar  diversos modos de sentir y percibir desafiantes como herramientas. Las plantas son una puerta, nos muestran lo ilimitado de las formas de lo sensible y de lo perceptible. Mostrando así, un campo a explorar más allá del uso de las plantas en sí, es decir, muestran  un trabajo posible de lo cotidiano. 
  
Así, por el deseo, el cultivo o el uso de los medios que se elijan podemos sentir al cuerpo como una multiplicidad de experiencia inagotable, abierto; y, en cierto sentido, distintos si vivimos en ciudades, que en el campo, o en zonas rurales. Formas que no son fijas, pues las miradas pueden tender puentes y exceder el dominio de sus posibilidades. "Pues no se necesita de un tiempo infinito para explorar un infinito de posibilidades, basta con que el espacio sea infinitamente subdivisible" (Deleuze). La forma de los propios malestares no es ajena a la economía de consumo que nos atraviesa, por ejemplo, en la conformación de cuerpos rutinariamente cansados. Pero, más que culpar al mundo o a uno mismo, el saber de las plantas entretejidas a lo sagrado mostraban el intento de abrir en uno al ser del mundo. No al mundo en general, no sólo analíticamente. Así, partir de experimentar con lo que en uno se presente sintomático, abrir su multiplicidad, que es la multiplicidad que somos y que conforma los cursos posibles de lo sano y de lo enfermo. 



sábado, 28 de diciembre de 2019

Nuestra tierra, anzuelo de viejos dioses


Caía la noche cálida y húmeda. Lejos de la cuidad, un arrullo de cielo abierto y estrellado penetraba la oscuridad del establo alumbrado por algunas linternas y veladoras, intensificando los ritmos  de esta Isla habitada por antiguos dioses que cantan. 
 Cuentan que, una vez cada tanto, al completarse algún ciclo, estos dioses descienden para exceder las órbitas de los ritmos humanamente conocidos, deslizándose entre plantas, elementos y animales, abriendo musicales círculos , suaves pero intensos capaz de desenvolver los  contornos  sensibles de los cuerpos hasta alcanzar lo ilimitado de ser de la noche que danza. Quedando sumergida toda realidad hacia lo abierto de una hendidura sin tiempo; inquietante e inmóvil a la vez; aparición  sin tiempo que hace de nuestra historia un paraje, una isla que cae en un arrullador olvido del que despiertan imposibles mitos: 
Antes del principio todo es oscuridad. La tierra abriendo las puertas al paso de sueños mudos, imposibles laberintos entre mundos, desdibuja las certezas y devuelve a la piel su propiedad de amante flujo. Embriagadora contemplación,  embriagadora voluntad de un impulso que danza. Inmanencia de la voluptuosidad, movimiento sin objeto,  corporeidad rasgada en esa excesiva danza de deseo. Cómo seguir los pasos de esa excesiva violencia dionisíaca, amante de todas las formas imposibles. Cómo no querer su  eterno nacimiento. Cómo no querer besar al olvido y acordar de todo, con todo a un tiempo, en un instante de labios suspendidos, la vida toda excesiva, amorosa. 
Oscuridad eterna de la que brotan sueños. 
Y, de entre visiones de ensueño, la danza de ser tierra, una vida imaginada despertando el sentido de una voluntad arrasadora, un rotundo sí a esta vida toda, a esta existencia que es también azar. 
Más que humana, emanación pura, pensamiento intensivo. 
Imaginar imposible  abriendo la palabra de una oscuridad eterna; de noche que encara afirmando el anzuelo de deseo imposible, de entrañable contradicción, de terrible ausencia de pregunta implacable. 
Pero, más que sólo eso,  volviendo a despertar prendida de ser tierra entrelazando la existencia a lo desconocido. 













 La existencia volvía entrelazada a lo desconocido; cuerpo permeado por movimientos apenas aprehensibles, sin referentes ni palabras. ¿Cómo no olvidar?  Eternidad envuelta por el recuento tan sólo anecdótico. Se imponen los ritmos de una percepción cotidiana, a la medida de los tiempos que corren. .



 En el libro El Sueño Creador, María Zambrano, nos dice: Los seres humanos nos encontramos en esta peculiar situación: nos es dado un cuerpo, un mundo, un espacio y un tiempo,  es decir, la posibilidad de ser; al par, nos es dado imaginar la propia vida, apropiarla, tomarla o no. El tiempo es así un medio, una abertura que ira moldeando al ser que somos, pero por la cual también se abre camino a toda libertad posible[1]. Se vuelve posible experimentar distintas versiones de lo primeramente dado.
  La libertad emerge, se revela, se pierde,  vuelve a abrir y se construye entre desafíos que nos muestran la posibilidad de no sólo dejarnos llevar confiados en la espontaneidad de lo dado, de lo dado como pasado y como realidad, al punto casi de confundirlos, incapaces de concebir otras realidades. En ese sentido existe un modo de existencia fijo del pasado, “pasado que insiste, que no termina de pasar, es decir, de perecer”[2].
Hacer parte de la construcción del tiempo propio, afirmando el tiempo, también, si se trata de un mal tiempo, pues, pueden emerger fuerzas inconmensurables, abismales, sin sentido; o historias discursivas huecas y sin fuerza. Estas formas de darse una existencia llevan en sí sus posibles trampas, como la de quedar sometido por el sentido de alguna fuerza como puede ser la apatía. Así, cuando emerge el sentimiento de algún presagio, tendido como argumento sin sujeto, como historia ya dada, como trampa que la vigilia se impone sin mayor cuestión, entonces la vigilia no parecerá distinta de la forma del sueño dominado por los imaginarios y los discursos reinantes.   Historias que también nos habitan, también nos corporizan. Más, es por lo inconmensurable de las fuerzas que nos habitan, por lo imposible de ser enunciado, encasillado, figurado, del ser de lo sensible, del acontecimiento, que las historias no son conclusivas, finales, acabadas. A menos que hipotequemos el devenir de nuestras fuerzas. Se trata de distintas perspectivas y formas de darse una existencia. De no volverse insensible a los tiempos que corren. Más, no perdernos entre historias que nos cuentan, al tiempo que consumen nuestra vida. Pero tampoco de carecer de argumento, de sentido propio. Fuerzas de las que es posible beber al corporizar su sentido, y, exceder lo humano de su sentido, volver a encontrar los caminos de producción de los cuerpos, de lo que pasa, de lo que emerge entre seres sintientes cuando quieren también lo imposible, excediendo incluso, los sentido de finalidad.
Abrir la diferencia en sí, la diferencia en uno, lo que necesariamente implicaría ver, dar cuenta de otras formas de querer, de sentir, de amar. Dar cuenta de la diferencia en uno mismo, es abrir a los sentidos de la tierra, abrir a los sentidos de otros seres sintientes y de una multiplicidad de fuerzas y de dominios, pues son estos encuentros lo que va produciendo esa diferencia al tiempo que somos capaz de afirmarla. Lo que vuelve a plantear, siempre una pregunta, siempre abierta de un sentido ético. Pensamiento ético que no esté separado de la afirmación de los sentidos del cuerpo, del deseo, de experimentar las formas posibles de placer, de dolor, de salud y de enfermedad capaz de cimbrar ésta realidad que vivimos.  



















[1] El Sueño Creador, María Zambrno, ed. Club Internacional del Libro, 1998
[2] Ibidem P.86















sábado, 19 de octubre de 2019

Efectos del Cine "Lo Figural" (Reseña y breve reflexión en torno al cuerpo y lo figural)


            
   “Todo está hecho de espera.  

Fuentes de vida brotan en rincones que se creían estériles

 y explorados. 

La epidermis despliega una ternura luminosa.”[Pag. 86] 

 




En el texto Variaciones de lo Figural El Pensamiento Plástico de Jean Epstein, Stephen Dwoskin y Philippe Grandrieux,  Cloe Masotta Litmaer nos explica cómo “lo figural es un concepto acuñado por Lyotard que ha sido desarrollado, por un lado, como forma de una determinada realización artística como en el caso de las pinturas de Fransis Bacon, y por el otro como herramienta crítica, así, el caso de Lyotard y Deleuze.  En todo caso, lo figural es un concepto que muestra un pensamiento atravesado por el movimiento, un pensamiento que intenta hacer, de la figura una vía por la que el mundo escape, haciendo brotar lo invisible” [1]. Así, nos recuerda La autora del texto: "lo figural muestra el movimiento de disolución, pero también, de alumbramiento de una figura, manifestado en la figura misma. Por ello lo figural pertenece al orden de lo visible siempre desgarrado por lo invisible: la sensación". 

El texto nos invita a pensar, cómo a través del cine se produjeron formas de visibilidad que antes no eran posibles con el teatro, o la literatura; específicamente con el despliegue del juego de cámara y secuencias de montaje capaz de desplegar sentidos múltiples del espacio y del tiempo. 

Deleuze, entre otros pensadores nos explican cómo una de estas formas surgió cuando el cine se apartó del formato teatral y empezó a desplegar un juego muy creativo de imágenes que ya no eran figurativas, sino figurales. "Estas imágenes abren una realidad distinta al espectador, se trata de una posición subjetiva en las que nos coloca, el juego de cámara y del montaje".  



 "El cine encontró la forma de hacer uso de tiempos y espacios ilimitados, irreductibles al registro narrativo. Antes, más bien todo giraba en torno a lo historiable, y en ese sentido en torno a “La Consciencia”. Con el cine se libera el ser de lo sensible; se libera, el sonido de la imagen".  

¿Qué estrategias se ponen en juego cuando una imagen nos sacude, nos cimbra, nos conmueve? ¿Qué técnicas permiten la creación de nuevos efectos? "Así, el uso de lo figural de la imagen hizo posible un registro nuevo de signos, un despliegue de las posibilidades de lo no discursivo. Un lenguaje intensivo, poético que atraviesa nuestro cuerpo espectador". Se hizo posible un modo de enfocar la realidad y de tratar con ella, una apertura que tiene que ver con umbrales de afectación que atraviesan y corporizan a los cuerpos espectadores.  



Podemos pensar lo anterior contrastando distintos modos de ser de nuestra imaginación.  Podemos enfocar los efectos producidos, y, dar cuenta: qué pasa con nuestro espacio y nuestro tiempo cuando dejamos de hacer uso y de sentir nuestra imaginación pasión.   

Así, hay días en los que podemos sentirnos atrapados, el futuro parece estrecharse, el día abrir dentro de una transparencia inmóvil que se cierra sobre sí misma, limitando la producción de perspectivas múltiples. Como si el movimiento se redujera a ser ilusión. Es esa ilusión de movimiento, devoradora del tiempo propio lo que también satura la sensibilidad si ésta no es capaz de abrir, de encontrar, de producir su multiplicidad.


 El vacío, que es ausencia de resistencias y por ello permite que el tiempo pase, cuando es obturado, el pasado parece imponerse, agotar las posibilidades bajo la sombra de una repetición atrapada en círculos. 

Lo anterior es también efecto del lugar que ocupa nuestras historias en días así construidos; historias coextensivas  a la ausencia de interioridad, de pasión, que hace que uno se precipite como siguiendo un guion teatral. Sin tiempo propio que construir, no se requiere ser actor, personaje, persona, basta con precipitarse por un acto de subsistencia. 


¿Cómo recuperar el tiempo propio? ¿Cómo escapar de la ilusión del movimiento? Abrir el propio vacío, es decir seguir los trazos de las propias resistencias y soltarlas para que entre lo discursivo y lo no discursivo, se revelen esas distancias que nada tienen que ver con la carencia, que abren a la heterogeneidad de los ritmos, ritmos permeables, ritmos en guerra, ritmos que confluyen, se condensan, se contraen, se mezclan y se liberan. Abrir una mirada interior, intensiva, capaz de volver fluido y dulce el propio cuerpo, hacer uso del propio tiempo, así, como se construye una escena cinematográfica, o se produce una escena literaria. Construir, imaginar, "capturar" los ritmos intensivos, volver a abrir la duración del tiempo, capaz de dar a luz los flujos vivos de un saber silencioso, que despierten al ser de lo sensible, corporizando sus signos figurales, es decir su movimiento. Pues, en ausencia de movimiento, los sentidos aparecen como acto figurado, sólo figurado. En ausencia de movimiento vivo, el deseo es cooptado por la ansiedad o el exceso de control. Despertar las intensidades, las pasiones y emociones que son efecto “no sólo de estar rodeado, sino además inundado, inmerso” en un paisaje vivo.  





Nota: “Lo figural es concebido como una forma de pensamiento que emerge de un borde, borde que distingue una diferencia constitutiva entre lo visible y lo sensible, pero también entre lo narrativo y lo visible, entre la forma y la figura”[pag. 83]; lo figural es una herramienta que nos permite atravesar umbrales que ponen en variación continua a la sensibilidad y a la imaginación; hasta el umbral en el que, corporizantes se vuelven indiscernibles. Ese umbral, se vuelve visible, también, en la medida en la que mueve lo más profundo del cuerpo y del pensamiento al alcanzar el umbral de lo orgánico.  

El pensamiento figural, la meditación, el ensueño y el acecho del que nos habla Don Juan Matus a través de los relatos de Carlos Castaneda pueden ser una herramienta para desplegar la diferencia del ser de lo sensible como una multiplicidad de fuerzas, emanación, brote invisible en su proceso de devenir figura o movimiento corporizante y de sentido. Lo figural acontece entre el ser de lo sensible y la imaginación, que señala umbrales capaces de dinamizar al cuerpo, al pensamiento o mejor dicho al pensamiento del cuerpo, pensamiento como acontecimiento corporizante. 


“Lo figural nos abre al límite de lo figurativo, al límite de lo que puede ser capturado discursivamente; figuras visuales, táctiles, auditivas, que, al asimilarse al movimiento funden los límites de los sentidos, ya sea por la emergencia de ritmos distintos, de movimientos que estremecen y desestabiliza, y, que pueden ser el alumbramiento del sentir y por eso mismo, del entendimiento”[pag.85]. La vía del pensamiento figural se vuelve una vía para desterritorializar los límites de las formas de pensamiento que conforman los cuerpos, su realidad física y material, y poder transformar la realidad viva de lo sano y lo enfermo. Así, la vía del dolor, del placer en su sentido figural son un modo de liberar las figuras del sufrimiento, la victimización, la autocompasión, el ansia, la expectativa, de su historia, de su monotonía, de su repetición, de su subordinación a la forma del síntoma que sólo señala una posible enfermedad, pues, estas herramientas nos pueden ayudar a tender puentes hacia un campo distinto al de los hitos del ser enfermo o sano, como una vía de experimentación y de afectación. Umbral de superficie dinamizante, disruptivo movimiento de un gozo vivo no menos violento o aterrador. 

 

Tomamos estos conceptos con el fin de expresar un uso distinto al del cine y la pintura, un uso que tiene que ver con el cuidado de sí. En ese sentido el pensamiento figural puede ser una herramienta para desplegar la singularidad del pensamiento sensible.  De explorar el efecto que puede producirse al no dejarse atrapar por significación alguna, no con la finalidad de reprimir o de negar el régimen significante, más como vía para afirmar el movimiento más allá de su ilusión, la posibilidad de hacer huir lo profundo, devenir superficie corporizante. Ser permeados por fuerzas distintas que transformen el sentido y la materialidad de nuestros cuerpos cuando ese espacio nos parece solo dado, conocido, agotado. Abrir la exterioridad viva por un ritmo, un gozo maquinal, una intensidad viva. 

 

 

Citas: Variaciones de lo Figural El Pensamiento Plástico de Jean Epstein, Stephen Dwoskin y Philippe Grandrieux,  Cloe Masotta Litmaer  









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