Columnas de humo salen del vacío de tus ojos. Y el sonido de la muerte anuncia soledades y flamigeras palabras.
Son los cuerpos inundándose de ti, florean y mueren; explotan, implotan, crecen, desaparecen.
Despiertan milenarios corazones entre despojos y fragmentos de hombres decididos a vivir el principio del fin. El principio del fin de sí. Principio del dios que habita los abismos, las canteras y las ruinas; los despojos y cenizas, entre fragmentos de hombres a medias nacidos a medias cogidos.
Inundados, inundados de vida, las soledades explosivas barren sus tanques, sus drones y su hambrienta estupidez. Pues, no se ven, ni se sientes; no se saben muertos, qué tal ves, así y solo así, se sabrían vivos y en paz.
Dejen que crujan sus huesos y estallen de odio sus confusas cabezas humeantes. No habrá refugio en el angustiado a medias vivido.
Más de tierra son tus pasos; de agua, fuego y viento es tu espíritu de naturaleza divina abriendo caminos desde los abismos, cual flecha que apunta la eternidad.

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