jueves, 22 de mayo de 2025

Los celos





Los celos son un sentimiento que constriñe a quienes los padecen. Antiguamente, la palabra remitía a una ardiente pasión, un sentimiento de fervor y esmero. Al parecer, su sentido no connotaba, necesariamente, posesividad. Sentido que se impuso con el pasar del tiempo y que, tejido desde las sombras enhebraría a una mirada vigilante.

 Los celos vigilantes, hilvanados desde la tristeza, descienden al modo de un frío humedal que puede devenir pantanoso. Pero si responden más a la rabia, se produce una sensibilidad ardiente que al tiempo que quema, consume. Y vividos con humillación pueden resultar enloquecedores. Pero todo esto es posible solo y solo cuando son experimentados pasivamente, reactivamente. 

Mediante la literatura podemos ser testigos cómo estos celos, aliados con la rabia, pueden llegar a ser asesinos. 

En la película mexicana “Él”, vemos a Arturo de Córdova protagonizar a un personaje posesivo hasta el exceso de la rabia y el delirio. Rabia que responde a un sentimiento más profundo: el temor de perder a quien nuestro protagonista cree poseer exclusivamente. Temor que, a su vez, hace crecer su rabia: “preferible su ruina, o su muerte, antes que perder  por el robo de una traición". 

Es común escuchar que, en nuestras sociedades, los celos, cuando no llegan a expresar estos extremos, están bastante normalizados, pues, se los interpreta como signo de amor. Sin embargo, “los celos están profundamente ligados con la manera en que circula el sentido de propiedad, de poder, de competitividad, de control y de deseo; de  cómo, a estos,  se los concibe en nuestras sociedades.”

Los celos surgen de un sentimiento de posesión a la vez que se niega la sola idea, frente al dolor de  perder a quien amamos, que tiene como uno de sus efectos el ejercicio de control, o, dominio sobre el deseo y la valoración de otros.

Discursivamente, los celos están determinados por cierto sentido de apropiación y privación. Y pensadores como David Cooper muestran una estructura todavía más escondida, una unidad simbiótica, en aquellas personas en quienes los celos son una constante. Unidad cerrada que no soporta la llegada de un tercero, a quien el celoso se imagina de presencia amenazante. Pero ¿en qué consiste la amenaza? 

 Quien queda atrapado por los celos, es debido a que no se concibe a sí mismo separado de aquel a quien cela. Pero esta negación de separación es algo más que la idea de perder a aquel, de quien se cree ser dueño; oculta, cómo dicha unidad simbiótica “ha servido de soporte de múltiples proyecciones que al derribarse,  exponen al celoso con su propio sentimiento de posesión, el propio temor a la indigencia, al sentimiento de falta,  de insuficiencia, de nada...”

“Eres en mí, (o, eres de mi propiedad en función de mi seguridad) tal como yo soy en ti suficiente”.  Esto sería al modo de una pareja celosa. Lo que en los hechos se traduce como: “deberías ser tal como te pienso, en función de mi seguridad”. Se entiende que, tal sentimiento de “unidad” no da  cuenta del ensimismado espejo de quien espera ser soporte de “otro”, a quien no concibe ser desde su propio e irreductible pensamiento.

Así, en un sentido más profundo, los celos, como la envidia, surgen entre sombras, diría Maria Zambrano. Bajo la tenue luz, de las tinieblas que resultan de la figuración de semejanza.

Citando a María Zambrano: “Frente a la visión del mundo exterior, creemos vivir dentro de unos límites, por los que nos sentimos defendidos; pero, frente a la visión del semejante, nos sentimos al descubierto, como inmersos en un medio homogéneo de donde emergemos a la vez”  (Zambrano, pág. 285). De esa interioridad, de donde surge el sentimiento de semejanza, “sentimos unitariamente a la persona que es el prójimo y a su lugar de existencia. Y la sentimos como se siente toda realidad, por los límites con la nuestra, por su acción sobre nosotros. Pero, en lo que nosotros padece la realidad de la persona semejante, es algo mucho más profundo que lo que se siente afectado por las cosas no vivas y por las circunstancias vivas que no son nuestros semejantes; ante él nos sentimos comprometidos y en peligro; nos sentimos acrecentados o disminuidos” (Zambrano, pág. 286).

 Más, el hombre que huye de sí mismo, que huye de ver, de ver dentro de sí, de padecer  el dolor o el placer, no puede más que nutrirse de figuraciones producidas como fantasmas. Si huye de su más radical soledad… queda atrapado entre estos fragmentos de los que espera recibir el reflejo  anhelado de sí mismo, y así, su sentido de unidad se le ha vuelto inalcanzable. 

Entonces, “de la fracasada identidad de la vida humana, surge la visión fragmentaria, incompleta, de través. Es la sombra de lo que nos falta, porque se interfiere; la sombra de la unidad que nos falta y bajo ella la sombra de todo aquello determinado que tendramos a ser, sin conseguirlo… 

La sombra que se entrecruza con la sombra del otro. Y aún la imagen que cada cual se crea de sí mismo, dibujada sobre la sombra de la unidad inalcanzable. El hombre proyecta su no-ser en la visión de las cosas y del hermano que viene así a ser el “otro” el “otro” de sí mismo no logrado (Zambrano, págs. 294-295).

 Se entiende que este deseo de unidad, como tal, nos resulta excesivo al tiempo que se nos escapa. Pues insiste en el hombre un profundo deseo de unidad irrenunciable que, al excederlo, lo lleva a excederse a sí mismo. Es decir, tal unidad es irreductible a la consciencia construida como un búnker que excluye todo aquello que no convenga con cierta imagen de sí, imagen resguardada por una mirada vigilante que puede volverse más o menos fija y excluyente de todo aquello intolerable por incomprensible o doloroso, y todo aquello que, supuestamente, no es. 

 En palabras de María Zambrano, “La visión humana no es externa a la vida; y menos que de nada, del prójimo, del semejante. Le vemos dentro de nosotros mismos. Y visión es unidad del que ve, también; se ve más cuanto más cerca de ser idéntico se esté, cuanto más lograda sea la unidad del que mira.  Ven claramente los ‘simples’”((Zambrano, pág. 294). Sin embargo, la identidad vuelta un búnker produce “lo uno inalcanzable” frente a “lo otro irreconciliable”; crea y solidifica sus propios infiernos. 

Los celos pueden moldear una realidad interior más o menos rígida pero “fragmentada”. Más, a diferencia de la envidia, determinada por haber respondido pasivamente “a la encrucijada entre el deseo de identidad y libertad”, en los celos se trata de una pasión ardiente por poseer a “otro” que, supuestamente, nos protege de experimentar alguna desnutrida y herida  condición. Condición en parte mítica, pero no por ello menos real, pues los celos devoradores, en verdad, devoran desde las entrañas, alimentándose de  sí mismo, tanto como de otros que se lo permitan. 

Aún más, los celos, articulados como temor ansioso, depresivo, triste o rabioso frente a la idea de una pérdida por traición, siempre se presentan como un deseo triangulado; escondiendo la proyección, dice Freud, de un deseo homosexual

La persona celosa es quien desea, inconscientemente, a un tercero quien supone ser el objeto de deseo  de su pareja amorosa, o de cualquier otra mirada bajo la cual se juzga y valora a sí mismo. 

Esto es así, ya que, no es raro que el deseo y la atracción se despierten en torno a una  gran gama de proyecciones que, lejos de restringirse al ámbito sexual, se ligan con la negación inconsciente de aquellos resguardos a los que hemos reducido y fijado la propia existencia, y que, originan ese tan temido sentimiento de insuficiencia de ser

En ese sentido los celos ocultan un profundo deseo de transgresión bajo todo tipo de reacciones como el control, la rabia, la tristeza, la ansiedad. 

Es así que los celos nos lleva a pensar en esa especie de interioridad proyectiva tan característica de la envidia, pero que en los celos se trataría, siempre, de una estructura de proyecciones que se desprenden de huir del sentimiento de insuficiencia de ser, que se produce al reducir, al ser que somos, a la vida, a todo tipo de resguardos fijos e inamovibles, y de la negación del deseo de transgredir esos mismos resguardos. Consciencia que puede volverse infernal, ya que la mirada celosa podría imponer su realidad, su deseo de rebajar, de humillar, de despreciar a quien se lo permita, pues será más fácil controlar a quien duda de sí mismo. Pues el celoso no quiere experimentar, ni como una posible idea, el dolor de pérdida, de traición, de humillación y de abandono

Los celos se alimentan de la propia debilidad, así como de la debilidad de otros.   Por lo que, no son en modo alguno alagadores. “Debilidad que se sostiene de las propias fuerzas vueltas en contra de sí mismo, es decir, vueltas reactivas”

Los celos se “solidifican” en ausencia de la afirmación del propio deseo,  que despierta en quien se ha atrevido a amar. Pues solo amando se producen las fuerzas necesarias para poder afirmar  que nada tenemos asegurado, y que, la pedida del vínculo amoroso sí duele, sí desgarra. Que en efecto nuestros amores no son sustituibles y que cuando perdemos un determinado vínculo perdemos algo que entre ambos era singularizante. 

Es decir, al no afirmar el propio deseo al amar, o amando, damos lugar a la duda, pero, a la duda reactiva. Duda constante que podemos proyectar en un drama, que bien puede culminar con su autocumplimiento. Cumplimiento de una traición negada y  a la vez, deseada desde, es decir, anticipada. Como si al sentirse constreñido por los propios celos (constreñimiento de una pasión  devenida duda, ansiedad, depresión, rabia, control, miseria…) se desatara la tan amenazante transgresión que no termina de afirmarse como tal, sino como drama novelesco, es decir, experimentada pasivamente.

En un mundo que prioriza a la conciencia y a la higiene mental,  suele aconsejarse trabajar sobre los hábitos mentales: “no pienses en aquello que te daña”, “ sustituye unos pensamientos por otros”, “ sustituye lo negativo con lo positivo”. 

Pero, tales reacciones, como los celos, responden a registros más profundos, más inconscientes que a aquel de nuestros hábitos mentales. 

Los celos persisten cuando sentimos que no podemos responder plenamente, de frente, ante las propias reacciones. Especialmente a las reacciones corporales más profundas, de no ser capaz de sentir el propio padecer, el dolor al que resistimos.

Los celos se fijan al experimentarlos pasivamente, al responder pasivamente y no experimentar con el propio  dolor de separación, de pérdida, de incertidumbre, de insuficiencia, de falta, de vacío, de privación, de indigencia y de nulo control sobre el deseo de alguien más… 

Entonces, ¿qué nos falta? Qué unidad, que consuelo, qué fuente viva que brote entrañable. 

Se entiende, que ningún “otro” podría completarnos. Quien espere “todo de otro” se verá cada vez más frustrado, más “vacío” en su ser y en torno a él, dejando de ser, el vacío en su ser, viviente, del cual huye por la angustia que lo anuncia como límite interior a sí mismo, como destrucción de sí. 

Más, sabían los hombres de la antigüedad que para conocernos y para sanar, había que descender, en soledad, a los inframundos de la tierra y de nuestros cuerpos. Dejar de resistir a la nada, a ser nada. Dejar de resistir al propio vacío. 

Descender a las entrañas, a las infernales entrañas, sin voz, sin luz, sin tiempo. Sentir los disonantes ritmos,   la  humeante ceguera, el dolor que desgarra, e imaginar. Sentir el hambre y ese ardor de los celos sin huir  del fuego abrazador. Para avivar las chispas entre despojos hasta devenir fuego  que consuma los cercos que constriñen, que enferman. 

Nuestro cuerpo es capaz de diluir los más rígidos tejidos de control, desdibujar a ese “otro” entre fragmentos, devolviendo a la imagen de sí su abismal y desconocida profundidad. 

Despejando las vivas sensaciones de lo sensible de la tierra, se diluye ese “hueco hambriento” que moldeaba a  “lo otro” entre sombras. Para invocar la manifestación  de “ser abismal alguien” (como lo llama María Zambrano), en complicidad, no con “los otros”, sino con “alguien abismal”  de tierra fértil, para que la palabra pueda ser creadora,  de la nada viviente. 

Pues, del vacío fluye generosa la vida  que germina de las vivientes entrañas. 

Citando a María Zambrano: La nada, “la vida sin textura ni consistencia”, “resiste” a ser de la consciencia y del espíritu. El vacío “resiste” a ser llenado. Pero, son nuestras resistencias a sentir el vacío, y a sentir el gemir de nuestras propias entrañas, y la oscuridad de la tierra que encarna nuestro cuerpo y la muerte de la que es anuncio, lo que vuelve, para nosotros, infernales el devenir de nuestras fuerzas, como intolerable el presentimiento del vacío y de la nada.” 

Al sentir el propio vacío los celos deviene un efecto de superficie que puede volverse fluido. Y son un padecimiento cuando se ha  perdido tierra, al no sabernos ser de la tierra; lo que en los hombres occidentales implica haber decidido reducir la vida a la consciencia. 

“Sabernos de la tierra nos liberaría de esta enmarañada condición de intentar llenarnos, colmarnos, satisfacernos con el deseo de otros, por medio de ejercer un control posesivo, del control que se intenta ejercer sobre otro, sobre su deseo.” (Árbol de las vidas, Bojutojú )

María Zambrano nos recuerda que, a esta pretensión de vivir solo desde la consciencia, de reducir todo saber a la claridad de la consciencia, resisten el vacío y la nada. 

Nos dice, la nada y el vacío aparecen como resistencia a este afán de ser completos, solo y solo desde la consciencia. 

Conciencia  impasible, que se quiere lejana de cualquier padecer. Conciencia qué en su afán de absorber todo en sí, de reducir todo a sí misma, en su afán de ser acto puro, libertad sin límites: “Todo” se le ha vuelto “Nada”. 

“El vivir desde la conciencia hizo el vacío en torno al hombre,  fue reduciéndolo todo a ideas sostenidas en la duda. Y entre las ideas sostenidas en la conciencia,  el sujeto, único ser afirmándose a sí mismo; dotándose de ser a sí mismo en un esfuerzo sin tregua. El vivir en la conciencia desembocó en vivir en el espíritu. Espíritu es libertad, acción creadora. ¿Puede el hombre instalarse totalmente en eso?  Al intentarlo, una resistencia se le ha aparecido; una resistencia que no es ser, puesto que el sujeto pensante de ningún ser sabe que no sea sí mismo. Y la resistencia que no puede en modo alguno ser llamada “ser”, es nada. Más es todo; es el fondo innominado que no es idea sino sentir. Sentir… porque el hombre no es sólo “espíritu”, algo idéntico a sí mismo que no necesita apoyarse en otro… Espíritu es libertad; actualidad libre de pasividad. Y el sentir se presenta ante él recogiendo en forma infernal ese vacío hecho por su conciencia.” (Zambrano, págs.186-187)

“Cerrando a la libertad, el hombre sujeto a ser libre, encuentra que todas las cosas son nada. Más, la primera, originaria “apertura” de la vida humana a las cosas que la rodean, a las circunstancias, es padecerlas. Las cosas que no son nada son algo cuando se las padece y el propio ser, el sujeto -anulando el sentir de la nada- se yergue cuando es fiel a su doble condición de haber de sufrir al propio tiempo la cárcel de las circunstancias y su propia libertad “Somos necesariamente libres”. (Zambrano, pág. 188)

Y todo parece indicar que al destruir el hombre toda resistencia en su mente, en su alma, la nada se le revela, no en calidad de contrario del ser, de sombra de ser sino como algo sin límite dotado de actividad y que siendo la negación de todo aparece positivamente. Algo indeterminado, ambiguo, amenazador, y que al ser nombrado parece ceder. Pues sucede lo contrario de como piensan quienes no la han sentido. La nada es de ese género de “cosas” que el ser nombradas producen un alivio … 

La nada se comporta como lo sagrado en el origen de nuestra historia… Lo sagrado con todos sus caracteres:  hermético, ambiguo, activo, incoercible.  Y, como todo lo que resiste al hombre. parece esconder una promesa.” (Zambrano, págs. 184-186)

En otras palabras, "inversamente, las cosas que no son nada, son algo cuando se las padece. Hasta el vacío, hasta la ausencia cobra el carácter positivo y se semeja a la presencia hasta convertirse en su promesa … 

Y es de adentro de donde brota, de lo más hondo del hombre, de su infierno irreductible, la nada. Brota incesantemente en un fluir manso e implacable porque une sin fundirlos a los contrarios. Cede y es implacable; es la negación del ser y para quien se deje fascinar por ella, acaba siendo todo el ser en la aniquilación …

Más … la armonía de los contrarios son las nupcias en que no sólo se manifiesta lo que de positivo tenía cada contrario, sino en el que surge algo nuevo no habido; la armonía es más rica que la previa disonancia. No sustrae, sino que añade algo imprevisible”. 

Toda fuerza reactiva, todo sentimiento no deseado, es el revés de un brotar más basto que al verse constreñido deja caer el peso de la fatalidad, en quienes creyéndose libres todo quieren reducir a  impasible e impersonal conocimiento. Pues que la invitación es a sentir el propio vacío, a ver el propio dolor y padecer y devenir abismal del que pueda brotar más que solo palabras. 

 

 



martes, 17 de diciembre de 2024

Los sentidos de ser de la tierra


La filosofía expresada poéticamente desencadena una multiplicidad de sentido, hace del pensamiento un proceso vivo. Pensamiento que no busca el perpetuo reflejo de sí mismo, ni el reciclado de felices fórmulas que llevan a la conciencia a interiorizarse en la voz que se esculpe, sólo, discursivamente.

En algunos apartados de “Así Habló Zaratustra", Nietzsche presta su voz al ser de la tierra, y así, encarna los sentidos de ser de la tierra. 

 Más, ¿Cómo  encarnar los sentidos de ser de la tierra, si de entrada se la tiene por objeto de apropiación, como medio de extracción para alimentar nuestra voracidad? ¿Cómo prestar oídos a aquellas fuerzas que, si bien, sostienen nuestros pasos, alimentan nuestro cuerpo, también irrumpen como fuerzas que experimentamos aniquilantes? 

Sagrado, del latín sacer: puede interpretarse como aquello que tiene que hacerse. Sagradas, eran las potencias que violentaban nuestro sentido de orden, que por esto se distingue de lo divino. Lo sagrado , por lo tanto, excede el concepto de naturaleza. 

Pero igual,  pensando que hoy, y quizá hasta esté de moda la idea de aniquilar valores para crear unos nuevos, lo que entendemos tanto de Foucault, como de Nietzsche, es que nada puede crearse si uno no recoge de su herencia histórica y personal, al modo de un arqueólogo o de una genealogía el ser de su propia herencia, afirmando todo lo que en uno ha sido impuesto, tomado y deseado. Nietzsche, nos invita a afirmar  el azar, la fatalidad, la vida en juego, la vida que se  presenta como regalo, la vida que se nos escapa, la vida que ha sido emparedada a cielo abierto, la vida que duele y desquicia, la vida como bálsamo y como voluptuosidad desbordante. 

Se habla mucho de la crítica de Nietzsche al cristianismo y al judaísmo. Se hace énfasis en el tránsito entre el camello y el león. Del paso entre estar sometidos por el <<tú debes>> a contraponer el <<yo quiero>>. Es decir, la afirmación de la voluntad. Pero, lo que sea la voluntad tampoco nos suele ser tan evidente. Y, en esa confusión se terminan mezclando muchas cosas. 

El paso del león al niño es imprescindible. Pues,  sólo el niño, no el león, es capaz de crear. Y, crear se asimila a un juego en el que se ha podido afirmar la vida toda. No cualquier juego, “se trata de un juego donde lo que se juega es la propia vida".

 El niño tal como lo describe Nietzsche: “un santo decir sí a la vida: el espíritu quiere ahora su voluntad.” (F. Nietzsche, Así habló Zaratustra)

La voluntad no es del ámbito del yo. Hay algo de la voluntad irreductible al ámbito del lenguaje y de la conciencia discursiva. Y, el espíritu es algo más profundo y complejo que el yo, o que la consciencia discursiva. Eso entendemos cuando Nietzsche describe al Espíritu como un yunque, como las memorias del cuerpo que encarnan las memorias del mundo, de un tiempo o de una historia. Pero, Espíritu, en otros pasajes, también connota fuerza, la vida de la sangre y del pensamiento indisolubles.

Y cuando escribe: “el retirado del mundo conquista ahora su mundo” (F. Nietzsche), refiriéndose al niño. Para nosotros, se trataría del desafío del mundo actual, pues que no se trataría de pensar los siglos pasados sin implicar la actualidad que es uno. 

Inocencia es el niño, y un olvido ¿cómo podría entonces anidar el resentimiento? 

“Un nuevo comienzo, una rueda que se mueve por sí misma, un primer movimiento, un santo decir sí. En otras palabras, el niño ha hecho de sus venenos su bálsamo, ha lanzado la flecha de su anhelo por encima de sí” (F. Nietzsche) , se " ha rendido" a los sentidos de ser de la tierra, de ser  tierra.

El niño, no es un producto acabado; no  se alimenta del poder de otros, no busca que otros le cedan su poder. Y más aún, el niño no es tan sólo, ni principalmente, el tiempo que transcurre, el tiempo sucesivo, ni el aquí y el ahora. Es presente y más que presente, juega y excede al tiempo. “Si la humanidad cayó al tiempo, el niño vuelve a caer, cae del tiempo, es por eso eterno retorno.” ( Bojutojú, Curso Arból de las vidas)

Devenir planta, devenir animal

 




Cuentan, que los elefantes caminan grandes distancias; que sus patas, especialmente  las de los más viejos, son muy sensibles, redondas y rugosas, que como unos tímpanos pueden sentir a la distancia el vibrante golpeteo de las gotas de lluvia en la tierra. Entonces, los elefantes al mando saben cómo orientar sus pasos y guiar a su manada para calmar su sed [1].

También sabemos que los perros son fieles compañeros. Su fino olfato, de tan receptivo puede distinguir, entre una gran gama de  olores, como los de diferentes estados anímicos de sus humanos compañeros, de quienes perciben  hasta su ausencia. 

Conocemos los mitos del chihuahua y el xoloitzcuintle de tierras tan ancestrales, que pueden descender a los inframundos.

Sabemos que los gatos, compañeros de las brujas, ensueñan; ligeros, ágiles y flexibles saben descargar y transformar las energías; y que los orangutanes conocen las plantas con las que preparar emplastes para curar sus heridas. 

No es un secreto que las bandadas de  gansos,  al alinearse en V, en el aire, convierten al viento en su aliado para volar  veloces y ligeros.

Los pulpos son conocidos por ser grandes estrategas; cuando están muy mal heridos saben encontrar algún refugio oscuro para descender a un sueño  profundo, cercano a la muerte para sanar.

"Aprendimos que las hojas de las plantas pueden moverse en dirección del sol para alimentarse; y que los órganos reproductivos de los árboles, en las flores, se encuentren expuestos, abarcando lo más alto de sus copas, sensibilizando toda su superficie. Nos preguntamos ¿cómo se sentiría la propia piel, deviniendo árbol en flor?" [2]

[1] "Curso Árbol de las vidas" Bojutojú (2024-2025)

[2] Ibidem


Despierta


 

Asfixiada, la vida de las entrañas endurecidas, duerme.

Desciende la apatía, se arrastra, incapaz de de salir del laberinto. 

En ausencia de fuego interior, el deseo aparece como acto figurado, sólo figurado. Reina la apatía en ausencia de movimiento vivo. Adormecidas,  un viento frío penetra las entrañas, constreñidas y secas, que, predicen: “nada importa” (Bojutojú). 

Más, vuelve la lluvia a humedecer la tierra encarcelada. Elohim, irrupción capaz de dar a luz voluptuosidades silenciosas, de signos figurales, e intensivos. 

Sopla el viento, Elohim, capaz de disolver los laberintos y los enredos; de lluvia tus manos, humedeciendo los hilos a medio tejer. Invocación, del instante que vuelva fluidas y vibrantes toda laberintica entraña. 

   Despierta, la sensibilidad medio encendida de antiguos paisajes tras las sombras de estos teatros privados, perdiendo el respeto a las formas de expresión vueltas hacia un lento y tortuoso suicidio. Como personajes de una pesadilla sin rastro de vida interior, a la espera, siempre a la espera. Pero, por esto mismo, personajes apagados, vaciados, con los que la eternidad puede sorprender, como si de un medicamento homeopático se tratara, movimientos tortuosos y sus devenires, entre ritmos vitales de variable intensidad, sí, "no importa, nada importa”. Nada importa, y un estremecimiento de inmensidad atraviesa a estas entrañas, a la caza de los bloqueos y de las líneas de fuga. 

Aligeras los senntidos, Elohim, cuerpo de lluvia eterna

¿qué escenificación, qué hechizo o brujería, qué tejido de espacio y de tiempo que, la lluvia no disuelva generosa?

Despierta, despierta desde cualquier umbral, desde cualquier sentir o punto de enunciación, más allá de los tejidos de enunciación, el árbol de las vidas y del conocimiento. 


Más que humano. "Palestina Libre"


Más que humano es el vaivén abrazador de los grillos, y el rocío al son de la luna llena que, generosa adormece a los sentidos. 

A la distancia, un vuelo de pájaros incendiados, encienden los pies que se descalzan. Ser incandescente, Allah y esta piedra danzarina hasta las estrellas. 

Pero ellos jamás serán testigo. Ellos de encumbrada sordera, enfermos de desprecio, borrachos de sí mismo.  

"Ciegos de celos sintiendo germinar las semillas de antiguas tierras. Asesinos de niños y de los dioses que hoy resucitan a la tierra de su sangre fecundada hasta su centro, invisible" (Bojutojú “curso Árbol de las vidas). Pues, "tan humano se volvió su temor de ser devorados". (Ibidem)

Dicen afirmar la diferencia, pero llaman diferencia a todo lo que no pertenece a su cerco amurallado.

Mas, es tan humano fijar y resguardarse, como lo es que los sueños despierten a la vigilia, y poder imaginar y crear nuevos mundos. Pero, tan humano se volvió desdeñar sentir y soñar, temieron a los augurios de la noche, y a pensar la locura y vivirla. 

Y tan natural preocuparse y victimizarse y lamentarse y compadecerse. Y tan natural ceder el poder del gobierno, del sentido y de los sentidos al normalizar los pequeños placeres y antes que nada desconfiar y rechazar a lo desconocido. 

Fijarona sus dioses, los embalsamron, los amoldaron, los cristalizaron. 

Y tan perdidizo el deseo en el cansancio al pasar el tiempo; tiempo del mundo que ha perdido su vacío, y su centro creador. 

Quién se cree justificado en su desprecio.


Imagen “Bojutojú”

La imaginación

 La imaginación, en su andar despertando en el tiempo, se asemeja a ese despertar del ámbito de los sueños cada mañana. Algo se guarda, algo se quiere, algo parece detenerse y sólo queda la sensación de un puro brotar deseante, oscuro, luminoso, excesivo, un algo que tiene que ver con inciertos parajes para nuestra razón; pero que no por ello se contradice con el orden, con lo diferenciado, sino que hace del orden mismo un exceso, una provocación. Imaginación corporizándose, dando cuenta de sí como si fuera el germen de múltiples memorias o, más allá, como si las memorias mismas se desplegaran. Breve instante que siempre revela un comienzo, un despertar donde parece dibujarse una mirada, un querer; principio discernible, pero en juego que parece esfumarse al transitar, sin más, por las rutinas del día a día. Rutinas que cuando son gobernadas por la compulsión de llenar los huecos, saturar el vacío, hacen posible un pensamiento que ya no puede más que atraparse, repetir y repetirse hasta agotarse.  


Así, el resentimiento, esa fuerza reactiva que podemos ser como efecto de fijar ciertos afectos y, por tanto, fijarse y repetirse uno mismo. Sustantivamos el vacío y nos separamos de él, lo ponemos fuera sin dar cuenta que en este acto también lanzamos afuera nuestros afectos, lo que los vuelve ajenos, es decir, no nos reconocemos en ellos, perdemos el sentido de devenir de las fuerzas singulares que nos atraviesan, perdemos el sentido mismo de deseo que habita todo afecto como un verdadero proceso productivo. Mas lo que hemos lanzado fuera retorna como impuesto: íntimo y ajeno a la vez y se produce una manera de sentir o, mejor dicho, un sentimiento esencialmente reactivo. Sentimientos y afectos que al manifestarse reactivos nos poseen entretejiendo el olvido de su vital maquinación; Reducidos a alimentar los ritmos imaginarios que son ya gestos, posturas, cortes y flujos atrapados al interior de una escena teatral que debilita.  


El pensamiento como proceso, por el contrario, puede fluir excesiva y mortalmente en una danza, un serpentear entre materias y afectos, entre vacío y deseo, revelando la multiplicidad de  de la que no nos sabíamos; inaprensible a una realidad dada que tiende al exceso; de aquello que es continuo devenir, y que nos desafía justo donde más resistimos. 


María Zambrano nos recuerda que el vacío, hace posible el fluir del presente, la irrupción del devenir. Los imaginarios, son brotes de deseo, construcción de parajes, de decretos, de relatos,   de historias. Más cuando queda obturado el vacío, se producen sentimientos y pensamientos que evitan explorar parajes excesivos; se fabrica ese ámbito en que el no-ser queda recluido en las galeras del puro horror, de la locura, de la perdición. Y el saber múltiple, sólo será lanzado a la inconsciencia.  


Y para quien despierta, apenas el presentimiento de algo que pudiera excederle es pronto suprimido. Pero, en la esfera viva de la imaginación se trata no sólo de reconocerse en aquello ya formado, sino también en aquellos procesos de formación o, incluso, de deformación. Luz o intensidad que hiere, fisuras del orden esperado. Es el dolor tanto como el placer un cierto umbral que vuelve visible lo invisible: el cuerpo. Muestra según su intensidad los excesos por los que el ser que somos se desborda y se produce, o bien, aquellas avenidas que hemos replegado; o los nichos ahuecados secos y rígidos por los que ya nada puede circular fluyente. Queda el cuerpo invidente queriendo arrobar a la imaginación sus ojos, queriendo abrir, de cada herida, una puerta única a sus sentidos, singular, como un fuego que afecta lo que a su paso encuentre, devorando quizá el propio cuerpo; fuerzas, impulsos simplemente inevitables e ineludibles, fuerzas que han de manifestarse en algún sentido, pues que es también el sentido de su querer. Más el dolor atrapado en el ámbito de ciertos imaginarios,  en el ámbito de ciertas disciplinas sólo señala un camino posible: la enfermedad, la neurosis. Y el sujeto que padece, la más de las veces, queda atrapado en un sinfín de relaciones de poder y relaciones de saber que lo separan de su propia experiencia del dolor. 


Si bien el cuerpo, la experiencia sensible o perceptible que tenemos de él, se moldea a partir del mundo que habitamos, es cierto, también, que podemos experimentarlo de otra manera cuando nos abrimos al fluir de la imaginación y del sentir más vivo. La imaginación despierta vivamente nuestras fibras sintientes, nuestros acuerdos, más cercanos al poder de sentir. Cuando ella se despliega, se fractura el tiempo, irrumpe en él y nos muestra otros rostros, más intempestivos, más cercanos al devenir, al ritmo de los cuerpos. No organiza paradas, sino que introduce en ellas el devenir y abre paso a la experiencia de lo figural que no es el fluir sin más de los cuerpos, sino fluyentes destellos de visibilidad entre cuerpos: destellos permeables y penetrables que muestran la porosidad, los pliegues, los intersticios que trazan los flujos en esa su movimiento. Movimiento ligada con los afectos y los efectos que se producen entre cuerpos y sus encuentros y desencuentros. Visibilidad irreductible al campo que llamamos visual. Cuerpo irreductible a un campo organizado.  


Así, al imaginar se despiertan las memorias, memorias del cuerpo, que si bien pueden ser interpretadas, nos abren a un mar de ritmos, a un sentir maleable, y múltiple. Multiplicidad de fuerzas aún demasiado maleables. Imaginar tan cercano al palpitar creador. Querer que cosmiza y manifiesta cosmos, que es también cosmos. Apertura donde confluye lo ilimitado de múltiples fuerzas con el cuerpo emergente, siempre emergente, en continuo movimiento, por ello, fuerzas que el cuerpo ha de saber. ¡Y cuántos sentidos de saber! Pues que no se trata de objetos, cosas o conceptos sino de sentidos y de cursos sin referente a una totalidad cerrada sino a aquella otra entre materias y fuerzas reactivas y activas; acciones y pasiones, pensamientos y voluntades en juego.  


Imaginar, desafío para cualquier imaginario reinante, pues en ello se despliega la fuerza y el deseo de experimentar; abertura por la cual la “visión” se encarna sintiente; pensar que muerde la existencia y algo más; emergencia de flujos de ensueños que bailan haciéndose cuerpo y que, de ser preciso, se precipitan, se fijan o devienen signo. Cuan furtivas y superficiales serán las memorias al sólo fijarse, mas no imposible evocar los flujos, mas no imposible el deseo de no perderlos, que es lo mismo que no querer perderse. Memorias de trazos apenas aprehensibles, ni figuras fantasmales ni representaciones de cosas. Intensidades y flujos, flujos materiales que avivan al cuerpo, a las memorias del cuerpo.

jueves, 12 de septiembre de 2024

Placer, culpa y castración




 

 La figura del diablo sigue siendo muy contemporánea, no porque creamos o no en él; eso es secundario, sino por cómo la vivencia de placer se fue entramando con la de la culpa, especialmente con el catolicismo y con las versiones del protestantismo que, seamos o no religiosos, penetraron a lo largo y ancho de nuestra cultura. 

 Foucault nos recuerda que, con el pensamiento de San Agustín, se desplazarían los límites entre lo virtuoso y lo corruptible de la sexualidad, en ese entonces, llamada, los placeres de la carne. 

 Para San Agustín, debido al pecado original, los hombres fuimos castigados en función de la desobediencia, con la separación de nuestra voluntad. Es decir, lo que perdimos al caer del paraíso, al quedar separados de Dios y caer al tiempo, fue la propia voluntad, o voluntad divina asimilada con la voluntad de Dios. 

 Según el obispo de Hipona, la pérdida de la voluntad se hace evidente cuando, el cuerpo se ve llevado por la voluptuosidad, visible en los movimientos involuntarios, convulsos o frenéticos del acto carnal.

 Regresar a Dios, implicaba, según esta interpretación, volver a obedecer al mandato divino. 

 Sin embargo, el placer de la carne quedó plenamente demonizado en el momento en el que, se decretó que el mandato divino consistía en que los placeres de la carne serían acordes con la voluntad divina a través del sacramento del matrimonio y con el solo fin de la procreación. Cualquier otra manifestación del placer de la carne era considerada una trampa: la trampa del demonio que podía actuar dentro de uno mismo, como otro, y dominar mediante la voluptuosidad y el placer a nuestros sentidos, nuestros sentimientos y emociones, vueltos concupiscentes. Así, el cuerpo y los sentidos terrenales fueron demonizados. 

 Si bien, en un primer momento había que dominar al propio cuerpo, a sus impulsos, mediante la exaltación de la vía confesional, la vigilancia de uno sobre sí mismo, se extendería al propio pensamiento. Pues, se creía que la voluptuosidad puede despertarse no solo con los sentidos corporales, también con los recuerdos capaces de someter a la voluntad a los placeres corruptibles. 

 Max Weber nos explica que, para el protestantismo, se trataba de no volverse esclavos de los placeres, sino, sujetos morales del mundo, como parte de la labor que lo sostiene en tanto orden moral, supuestamente divino, pero en estricto sentido jamás experimentado como tal, en la medida en la que toda experiencia interior de la divinidad, todo sentimiento de arrobo, de penetración y permeabilidad de lo divino había quedado proscrito, negado, maldecido. 

 Desde luego, con lo que sigue, no hago alusión a ningún enunciado de liberación sexual de los que sabemos existen desde hace más de un siglo; sino, a algo mucho más inconsciente y persistente. 

 A partir de ciertos cursos de Deleuze, podemos pensar que cuando Freud tuvo la necesidad de conceptualizar las derivas de la pulsión, separando y sometiendo la existencia de unas pulsiones parciales, a una energía libidinal yoica y de objeto, culminando en una suerte de de desexualización de las pulsiones por la sublimación, fue en la medida en que pareciera dominar una suerte de totalitarismo, primacía de los esquemas de la racionalidad, de sometimiento a unos límites que se suponen infranqueables y que operan en toda estructura neurótica y psíquica, afectando, directamente la experiencia de placer, de gozo, ulteriormente, a todo impulso. 

 Pues, finalmente, el yo “termina” estructurándose “con la salida del Edipo”, es decir, con la castración. Entonces, no se trata de límites naturales, biológicos, sino de cómo, en nuestra cultura nos vamos humanizando; identificándonos en tanto hombres o mujeres, padres o hijos. Y, en su sentido más profundo, humanizarse quiere decir, la posibilidad de desenvolvernos éticamente en el mundo. Razón que es muy cuestionable, pues lo que se ve, en el mundo, con la salida del Edipo es, más bien, adaptación y, tal vez, grados de ser obedientes y funcionales. 

 Más bien, existe un tope, una tapa, un sello, un corte, un de aquí no pasas, no sea que tal o cual intensidad, tal o cual impulso se vuelva inmanejable. No sea que se te ocurra decir, o, actuar apartado del buen sentido, del sentido común, o, (de lo que es más profundo) de lo que pueda ser aceptado por los Designios del Significante, el orden del lenguaje y de los Discursos Dominantes, en buen castellano. 

 ¿Qué hacer con el cuerpo, con sus impulsos inconscientes, reprimirlos, controlarlos, sublimarlos?

 No sea que la pulsión de muerte te domine… No sea que… un exceso de narcisismo… No sea que te dé por sentirte dios…

 Ya desde principios de la psiquiatría, los impulsos eran el peligro latente para la sociabilidad; eran considerados, nada menos, que el origen de las enfermedades mentales, la inadaptación y la criminalidad. 

 Impulsos, que se podían leer en los gestos poco domesticados, en los estallidos emocionales incontrolados, en las expresiones lingüísticas más o menos inadaptadas, en el parcial o en el total desquiciamiento, hasta en la más fría criminalidad. No es poca cosa.

 En cuanto a su funcionamiento, los impulsos, pulsiones para el psicoanálisis, fueron concentrados y fijados a tal o cual región corporal, modulando su intensidad según principios mecánicos del movimiento que no reconocen más derivas que la descarga (y hablar también es descargar) encerrando su posibilidad más intensa en lo oscuro, y en lo oscurito de la alcoba; anudado su sentido más profundo a determinadas fantasías inconscientes. La cosa es, que tales cosas no son percibidas como síntomas, sino como derivas “normales” de la vida psíquica y de la sexualidad que culmina con el dominio del placer genital por encima de cualquier otra deriva considerada perversión, o cause inadecuado.

 Y, especialmente, en la medida en que los impulsos quedan domeñados mediando nuestras sacrosantas estructuras familiares, en realidad, (pues como dicen, hoy por hoy, la familia se desmorona) domesticados bajo el dominio de la ley de la castración, sea cual sea el contenido de los enunciados operantes que constituyen nuestro paso legítimo a la cultura, la sociabilidad, el mundo laboral… La vía permitida es la vía de la ligadura hacia los objetos y la sublimación. Lo que queda clausurado son los flujos que pueden arrastrar a la descodificación como ríos intempestivos, y aún eso podría ser tolerado siempre y cuando no sea contagioso, es decir, es tolerada la locura en su impotencia. 

 Y es aquí que aparece un problema. Porque se supone que lo peor de nosotros está de ese otro lado maldito, impotente, clausurado o patéticamente perverso, pero… y si, no solo… estuviera lo peor. 

Y si lo mejor también está siendo exiliado, asesinado antes siquiera de bien haber nacido.

 ¿Qué es lo castrado?

 Es difícil de decir, pues lo castrado está siendo invisibilizado, más bien, secuestrado para ser abortado, asesinado.

 Parafraseando a Foucault, el problema no es el mal, es cómo el mal es configurado al interior de diferentes procesos de luces y de sombras, entre lo visible y lo que es negado, entre lo que puede ser enunciado y lo desconocido. 

Hasta qué punto, se vive a lo sensible como receptividad pasiva, inconsciente, ciega, superficial, reactiva. 

 La castración opera en el momento en el que “el cuerpo, conciencia corporal”, (que, plenamente como consciencia y como pensamiento no se le reconoce) “lo corporeizable” sufre, acepta, se adapta a una especial división subjetiva “al mando”, que constituye una promesa, mejor dicho, un ideal:

 “ya no serás, solamente, sujeto del enunciado, desde ahora podrás convertirte en sujeto de enunciación”. 

 Deleuze explica que, la división, el corte, opera entre el sujeto del enunciado y el sujeto de la enunciación.

Como decía Lacan: “soy donde no pienso y pienso donde no soy”. 

 Pero para Deleuze, este resultado, esta dualidad subjetiva, es parte de una larga tradición que podemos ubicar desde Descartes cuando afirmó: “Pienso luego soy”, luego entonces, “soy una cosa que piensa”.

 Deleuze explica que, como sujeto del enunciado me constituyo como múltiple, pero como sujeto de enunciación supongo constituirme como una unidad, pero, en estricto sentido no soy más que unidad ideal, unidad supuesta nunca alcanzada, sujeto de goce imposible. Es decir, nunca habrá identidad entre sujeto de enunciado y sujeto de enunciación, con otras palabras, entre el sujeto de placer y el sujeto de goce.

Deleuze propone varios ejemplos de esto: 

“Como hombre te entiendo, pero como policía que soy, debo acatar la ley”. 

 Y ¿cómo se produce tal división subjetiva? Aceptando que no somos completos, que no hay conciencia plena y pensamiento de lo sensible más que subordinada al orden significante, que nuestro ser no está dado en la medida en que falta el significante que signifique nuestro ser y nuestro deseo, así y sólo así, el deseo puede circular, abrirse camino en torno a los ideales del mundo. Pues, como lo expresa Deleuze, en realidad, no existen enunciados individuales. Todo enunciado se produce, surge a partir de procesos que exceden los dominios de lo individual, de lo personal y del lenguaje mismo. 

 Asumimos ser sujetos del lenguaje… quedando sujetos al lenguaje, en tanto principio y soporte de nuestro ser en falta. 

 Todo muy bien razonado, pero lo que quedó fuera y nos falta, es porque está siendo saqueado y adormecido. 

 María Zambrano va a mostrar cómo el ser, el ser consciente de sí, el pensamiento va a quedar asimilado a la forma del conocimiento. “Ser” es pensar y pensar es saber que se piensa; pensar conscientemente es conocer a través de las palabras ordenadas, estructuradas y convalidadas.

 Según Kant, explica Deleuze: 

 “Conozco no porque sé que el sol sale, conozco, cuando tengo la certeza de que el sol va a salir mañana, cuando deduzco que es probable la salida del sol para un nuevo día, o, cuando puedo suponer, que existe la remota posibilidad de que el sol dejara de existir”. 

 Vamos aceptando, ni tan conscientemente, tantos conocimientos supuestos para el bien, el bien común, no necesariamente para el bienestar. Y eso es claro si observamos las estadísticas del malestar producido por la cultura civilizadora.

 Lo castrado es, todo despertar a ser de lo sensible, toda sensación, todo pensamiento, todo dar cuenta, toda manifestación más profunda de la consciencia corporal y del alma irreductibles al orden significante. Pero es mucho más que eso, pues en la antigüedad, la palabra se concebía como poder de manifestación. 

 No hay nada más impotente que el Dios de la ilustración, el Dios del que da lo mismo si se cree o no en él. Y mejor si se cree, pues el pragmatismo es capaz de justificar su creencia. No es ya el dios de la manifestación; no son ya las divinidades que atravesaban y que poseían a los sentidos: con sus manifestaciones de poder. 

 Las experiencias místicas… sí… ahí están… toleradas, exaltadas, idealizadas, apartadas del devenir mundo, de la tierra y de la carne. 

 El problema que queremos apuntar no está en la posibilidad, muy real, de devenir menos que humanos, perderse, pirarse. 

 El problema es que, ¿y si, también somos más que humanos? No solo allá, en los cielos; no solo gracias al poder iniciático y luminoso de las Ideas y de la abstracción; o, después de muertos, algo así como, desencarnados. 

 ¿Qué no para las brujas, el útero era experimentado como sagrada? Y ¿para los practicantes del taoísmo, la vagina, no es la puerta, la raíz del cielo y de la tierra, una fuente inagotable que se derrama? O ¿vamos a creer que es pura sublimación? 

 Para unos es la raíz de la magia, para otros es vía de fuentes inagotables, fuente intensiva, que transmuta en la medida que se derrama hacia todo el cuerpo, fortaleciendo, curando, desplegando sabiduría de los espíritus que habitan cada órgano corporal. 

 Lo triste no es dejar de creer en tal o cual religión, mito o leyenda, lo terrible es dejar de vivir el misterio inacabado, dejar de experimentar. Hemos cedido tanto el poder al saber de las ciencias del cuerpo, a tantos prejuicios y decretos que, damos por dados tantos conocimientos sin jamás experimentar… 

 Más bien, y citando lo visto en el curso “El árbol de las vidas”, y dado que, ser humano no constituye ser algo absolutamente fijo, podemos ser humanos y más que humanos, por ser hijos de la tierra, experimentando nuestras sombras, atravesando nuestros inframundos, afirmando lo humano demasiado humano, desencadenando lo absolutamente silencioso de nuestros impulsos emparedados, amarrados, asfixiados, agotados, conformados, vaciados, sometidos, negados, invisibilizados, aplastados, cuajados, cristalizados, configurados, capitalizados y, los no nacidos.

 Más que humanos, liberar, afirmar, despertar lo divino y lo demoníaco inacabado.  Experimentar lo divino como tal, que nos refleja y despierta, que encarna. 

 La fuerza es algo que se siente, manifestaciones singulares, manifestaciones de poder, devenires de los astros, a través del brillo de las plantas, devenir sabiduría animal.

 Se ha querido lo divino en santa paz, se ha querido lo divino como contemplación pura, desencarnada, se ha deseado a lo demoníaco al servicio de quien sabe qué intereses charros. 

 Volviendo a citar lo dicho en el curso “El árbol de las vidas”: si pensamos en los antiguos dioses, dioses de la curación, dioses guerreros, dioses de los inframundos, dioses de la embriaguez y de la lujuria, diosas de las inmundicias y del paso por la muerte, dioses y diosas del amanecer y del atardecer, del erotismo y de la prosperidad de la tierra, llegamos a suponer que lo castrado ha sido la relación entre lo divino y la tierra, entre lo divino y nuestros cuerpos, lo divino y la vivencia de día a día. 

 María Zambrano nos recuerda que: “El hombre que no ha alcanzado la unidad verdadera conlleva difícilmente la unidad impuesta por la necesidad y aspira secretamente a ser otro en algún instante”.

Fuerzas de manifestación, de voluntades divinas, demoníacas, humanas y, y, … Movimientos, impulsos y sentidos inexplorados por descubrir, por revelar, por crear. 

 En cuanto a la dualidad subjetiva, pues que de ahí siento partir. Deleuze como otros seres dedicados al problema, no sugieren deconstruir, demoler, o, negar al yo. Más bien, conocernos, excedernos, querernos y cuidarnos, lo que nos lleva a pensar en los supuestos que atraviesan las derivas del narcisismo.